Cuando entramos en bucles de oscuridad decimos:
“No sabía lo que me estaba pasando”.
Hay un detonante manipulador,
un detonante controlador,
algo que agravó la herida
y te llevó a ese dolor tan profundo
que no es otra cosa
que tu niño protegiéndose del pasado.
“¿Qué te pasa?, ya no eres el mismo”.
La herida se abrió
y empezó a sangrar.
Nacieron los reproches,
los sentimientos de culpa.
Quizá tuviste un papá,
una mamá,
o a los dos,
que extendieron su alma
de tal forma
que aplastaron la tuya.
Así se creó una máscara,
una que ahora llevas
sin darte cuenta.
Porque a veces
las máscaras se llevan
sin conciencia.
Yo misma, a veces,
no me doy cuenta de que la tengo.
Por eso sé
que no todas las máscaras son iguales.
Hay máscaras preciosas:
te las pones y te las quitas
porque las distingues,
porque son superficiales.
Pero las profundas,
las que se sellan,
las que se impregnan de sufrimiento
y que al retirarlas exigen esfuerzo,
no son iguales.
Esas no se quitan:
se desprenden.
Y duelen.